Por: Remis Ramos Belmar
"Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica", decía el Compañero Presidente, cuando los socialistas eran llamados compañeros no sólo por ellos hacia ellos, sino por todo el pueblo. Con el tiempo, el vocablo se convirtió en descrédito, mucho más cuando- muchos sin razón- empezaron a huir del país y a no enfrentar a la dictadura que vio libre el camino para matar y exterminar.
En los años en que vivimos el peligro, los que nos quedamos, hicimos de esta afirmación del Compañero Presidente casi un leit motiv en nuestras vidas, tanto así que supimos armar acá, en el país, importantes redes solidarias que salvaron la vida de muchos compañeros que sí era importante se fueran del país, no sólo para salvar sus vidas, sino también para asegurar las nuestras, de los que nos quedamos, porque como eran conocidos por la dictadura, su compañía nos hacía delatarnos. Y no sólo fueron redes solidarias, sino que después vino el armado de toda una red nacional de resistencia y desafío al poder impuesto desde la derecha (esa misma que hoy viste ropaje democrático, esa misma que siempre se ha vestido con ropa ajena).
En los años del peligro, tuvimos que enterrar a muchos de nuestros más queridos Compañeros. Las idas al cementerio se tornaron habituales y las romerías un nuevo campo de desafío al poder de terror reinante. La expresión de la rabia se transformó en una necesidad y hasta esa fuerza contenida tuvimos que darle un cauce revolucionario; entonces hablamos de "cultivar la rabia". Y así lo hicimos.
FUTUROS REPORTEROS GRAFICOS
SIN CREDENCIAL SOLO LA PREPOTENCIA
El tiempo empezó a correr a nuestro favor. En esos años se vivía aún el compañerismo, aún éramos todos luchadores para el mismo fin, aún sentíamos fuerte el carácter natural que Allende le dio a nuestra lucha. Nuevas muertes asolaron nuestras vidas y tuvimos que despedir a Eduardo Jara, a Rodrigo Rojas, a los hermanos Toledo y a tantos otros. Fueron años aún más difíciles que los anteriores, pero más masivos y con mayor fuerza histórica. Ya no estábamos solos sino que se sumaba todo el pueblo, todos participaban. ¿Cuántas veces recibimos el apoyo solidario de dueñas de casa en las poblaciones para
refugiarnos de la represión?, ¿Cuántas veces protegimos a pobladores en nuestras casas para salvarlos de la persecución? Muchas, incontables.
Hoy el sabor amargo de la dictadura corroe nuestras almas, en tanto que el recuerdo heroico de lo que hicimos en esos años fortalece nuestra convicción de la justicia de nuestros actos. Pero más duele en estos días el sentir que todo aquello fue aprovechado por quienes no estuvieron en la lucha cotidiana, por otros que también con mano ajena fueron capaces de traicionar sus propias aspiraciones revolucionarias. Volvieron los que antes se fueron y arrasaron con la victoria popular contra la dictadura, enquistándose en el poder que siempre desearon, no para construir el mundo nuevo con grandes alamedas, sino para capitalizar para sí todo lo hecho por los militares y la derecha. Otra vez, con mano ajena hacen suyo lo que no les pertenece.
En estos días recordamos en los Hermanos Toledo al joven combatiente. En ellos veo también a Patricio Sobarzo, caído en Macul con Departamental, a Juan Campos, y cuántos más. Ellos merecen nuestro recuerdo y nuestro afecto para siempre. En ellos se hizo evidente la vida, su muerte es un homenaje a la vida, su vida fue un ejemplo de los arduos caminos que aún quedan por recorrer para ver plasmada las ideas de solidaridad, amistad y amor como bienes naturales del ser humano.
Pero estos seres queridos que debieran ser homenajeados por el país entero, que debieran tener su monumento y los presidentes de otros países poner su ofrendas florales ante ellos, son tratados de manera peor a como lo hicieron los esbirros de la dictadura, ya identificados individualmente. Pero lo que más duele no es que esto sea así, porque ya sabemos contra qué luchamos, lo que más duele es que ahora sean aquellos que antes llamábamos "compañeros" quienes sean los responsables de denigrar su recuerdo y reprimir a quienes los rememoran. Vaya para ellos mi repudio expreso y mi desprecio histórico.
Por el contrario, vaya mi saludo y mi respeto a los nuevos jóvenes combatientes que poco a poco se alzan para retomar las mismas sendas que nuestra generación setentera quiso algún día hacer realidad.
