Marcelo Medrano Columnista
Flamante, todo él. Impecable, toda ella. ¿No me diga que usted no se deleitó con la impecable como flamante presencia real del Príncipe Carlos de Inglaterra y de su esposa, Camila, la duquesa de…, de…, -no me acuerdo bien, pero que es duquesa, sí lo es-, en nuestro tricolor país? Vamos, hasta le puso el nombre de su primer hijo a una tortuguita de las Galápagos. ¡Qué ternura!... ¡qué ternura ecológica!
Ahora, comentarán en la corte real del viaje de su príncipe por estas tierras paradisíacas. Bello, hermoso el asunto, en poco tiempo nos lloverán príncipes y princesas y duques y duquesas, y hasta puede que la reina Isabel, la Isabelita -como la sé decir-, se anime a visitarnos, ¿no le parecería linda la sorpresa? Mmm, las sorpresas son otras, estimado lector. Si me sorprende que, en pleno siglo XXI, todavía existan monarquías, o sus residuos, en el mundo y que paseen sus obscenas dignidades reales por el mundo o por el ojo de una cámara, lo que realmente me sorprende se refiere a la adoración casi ciega, en una mezcla de envidia y curiosidad, de simpatía y suavidad, del estilo de vida y de pensamiento monárquicos. ¡Para la nobleza, se necesitan vasallos, y nunca faltan quienes tienen un espíritu de alfombra!
Y me sorprende más porque no puedo desligar la relación que tuvieron nuestros ancestros indígenas con la impecable y flamante corona española. Sin embargo, las oligarquías criollas siempre se consideraron herederas de la esencia española: algo palpable hasta el asco en los famosos festejos por la fundación española de Quito, en diciembre.
Pero, el problema no solo consiste en preguntarnos cómo las ‘casas reales’ sobrevivieron su tránsito al capitalismo y hacia las democracias (recordando, por ejemplo, que los Estados inglés y español deben, por obligación, entregar recursos públicos a esas familias reales para que los usen en sus empresas reales, y gasten en caprichos y amantes reales, y tengan viajes y fiestas reales: mantenidos con recursos de los pueblos no reales y con la venia de sus gobiernos), hay que preguntarse, repito, por la fascinación que todavía provocan. Expertos en el tema del espectáculo, los muy nobles personajes procuran ocultar, tras sus azules sangres, las verdaderas relaciones que se dan en la sociedad. El espectáculo no es, apreciado lector, un conjunto de imágenes y apariencias; se trata de una relación social entre personas mediatizada por imágenes. Es una visión del mundo que se materializa, se objetiviza en las imágenes que usted acumula en su memoria y las reproduce en sus actos y en sus hijos, pero que le lleva, a usted, a ser espectáculo nada más que en sí mismo.
Que yo sepa, ni el Príncipe Carlos, ni el Rey Juan Carlos de España, ni los otros nobles de sangre real, a pesar de tener importante influencia política en sus países, han sido elegidos democráticamente para ostentar tan altas dignidades. Entre un Gandhi y cualesquiera de ellos, o todos juntos (las monarquías siempre actúan en montón), me quedo con el viejito sabio: tan flamante e impecable, tan humano, todo él.
Y me sorprende más porque no puedo desligar la relación que tuvieron nuestros ancestros indígenas con la impecable y flamante corona española. Sin embargo, las oligarquías criollas siempre se consideraron herederas de la esencia española: algo palpable hasta el asco en los famosos festejos por la fundación española de Quito, en diciembre.
Pero, el problema no solo consiste en preguntarnos cómo las ‘casas reales’ sobrevivieron su tránsito al capitalismo y hacia las democracias (recordando, por ejemplo, que los Estados inglés y español deben, por obligación, entregar recursos públicos a esas familias reales para que los usen en sus empresas reales, y gasten en caprichos y amantes reales, y tengan viajes y fiestas reales: mantenidos con recursos de los pueblos no reales y con la venia de sus gobiernos), hay que preguntarse, repito, por la fascinación que todavía provocan. Expertos en el tema del espectáculo, los muy nobles personajes procuran ocultar, tras sus azules sangres, las verdaderas relaciones que se dan en la sociedad. El espectáculo no es, apreciado lector, un conjunto de imágenes y apariencias; se trata de una relación social entre personas mediatizada por imágenes. Es una visión del mundo que se materializa, se objetiviza en las imágenes que usted acumula en su memoria y las reproduce en sus actos y en sus hijos, pero que le lleva, a usted, a ser espectáculo nada más que en sí mismo.
Que yo sepa, ni el Príncipe Carlos, ni el Rey Juan Carlos de España, ni los otros nobles de sangre real, a pesar de tener importante influencia política en sus países, han sido elegidos democráticamente para ostentar tan altas dignidades. Entre un Gandhi y cualesquiera de ellos, o todos juntos (las monarquías siempre actúan en montón), me quedo con el viejito sabio: tan flamante e impecable, tan humano, todo él.